The Day After... 

No Quedan Tigres

 

by Héctor Alejandro Vargas Salazar, Mexico City

[...] pero hay abundancia de soledades. La mia es abrumadora (claro que los tengo a ellos, pero sólo son mis amigos). Me refiero a la soledad que se desprende de la carencia de un abrazo de mujer… en este momento eso no importa; en este momento también me gustaría bañarme.

 

Ha pasado tanto tiempo desde que el hijo de la reina la apuñaló y al morir ella me empecé a convertir en hombre. Tenía dieciocho años, ella también. La extraño y no lo supo.Furia, suspiro.

 

Parece el medio día, no sé, aquí siempre está nublado; para alguien a quien le desagrada el sol todos los días deberían de ser felices, el problema es que uno cree que no le gusta el sol hasta que pasan meses sin verlo, sin sentirlo; hasta que todas las hojas se caen y todo el tiempo no termina de hacer frío.

 

Tal vez hoy encuentre algo de pescado, mi pobre y viejo perro también necesita comer. Mi perro. Me da la impresión de que ha vivido por siempre; a veces incluso parece que nació antes que yo. Ese animal sabe cosas.

 

Una cosa yo no sé y es el cómo se mantiene; recuerdo muy bien cuando fue cachorro; en la celda tengo fotos con él por ese entonces y sin embargo, a pesar de que su trompa ya es blanca y sus ojos amarillos y vizcos apenas se han caído un poco y a que comemos frugalmente, se comporta como un perro de dos años; tiene la potencia, la energía y la felicidad de una mascota joven y eso me da esperanza. Es la amistad. Creo que, para variar, voy a morir antes que él.

 

En fin, tomo el hacha, el bote de agua, prendo la pipa. Saco al tigre de la jaula, me carga aunque se le ven las costillas. Hoy él me acompaña; tú te quedas aquí perro, lloverá un palo de agua, como si no hubiera mañana. Regreso en un rato, cuida la casa de la nada.

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